Vuelvo a aquella casa una y otra y otra vez. Como si fuera el reino de los sueños hecho realidad. Aquella casa era un sueño hecho realidad. Por eso sueño con ella, porque, aunque está (¿?) en el mundo real, está tan lejos de cualquier parte, tan fuera de mi alcance (¿cuantas excusas, cuantos permisos para volver allí?) que he vivido más tiempo en sus recuerdos que en el tiempo que, en realidad, pasé allí.

Quizás por eso, ahora que lo pienso, era tan bonito. Porque era un tiempo corto y sincero. Momento de dejar atrás las vestimentas y poder desnudarse sin miedo a la vergüenza frente a los otros. ¿Hay vergüenza cuando te desnudas frente a otra desnudez? 

Allí no existe la condenada «rutina», no existen límites. Allí no hay tensiones, ni imposibles, tan solo tiempo. Tiempo que se expande como un universo inabarcable. Minutos que se estiran y cada palabra es un mundo. Cada frase, una galaxia. Quizás sea eso. Un lugar donde la imaginación ha tomado cuerpo. Donde el sueño de un gigante nos ha dado lugar al parque de juegos más grande del mundo. Un viaje al infinito.

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