02/04/21

Tengo miedo.

Si no me apaño bien, me voy a quedar sin dinero.

Si, sin dinero. No será hoy ni mañana, pero voy directo a la ruina financiera.

Debería preocuparme, y sin embargo, en este caso he decidido tirar para adelante. Obviamente no puedo cometer estupideces (memeces, boludeces), pero mira, ¿que sabes qué? Que ya lo iré arreglando, que ya se irá viendo. Tomaré las decisiones oportunas a su debido momento. Confío en mi y en que las cosas se recoloquen de una manera u otra.

Tengo miedo, pero no pasa nada. Ya no me ahogo. Quizás esa sea la diferencia entre ayer y hoy. Ayer los problemas eran un mundo, inabarcables, fantasmáticos, terroríficos, asfixiantes. Todo era llevado al extremo del pesimismo futuro. Angustioso. El problema se convertía en mi estado de ánimo, tumbaba todo lo demás. La pasión, la alegría, la calma, el disfrute de los sentidos. Hoy miro el problema como quien mira un cuadro. Puede provocar impresión, incertidumbre. Pero está ahí, ya está, yo no soy el problema. Se resolverá con mis aptitudes y actitudes. Se resolverá tomando decisiones que hagan que, esté donde esté, me permitan estar bien. En paz y calma. No quiero que nadie me quite la calma. Ver la lluvia caer, escuchar los pájaros, la lavadora del piso de arriba, los niños jugar en la calle. Nadie me quitará los paseos, mirar a las nubes, ver cómo cae la tarde. Leer un poema, disfrutar una película, tomar el sol en una terraza. Nada me lo puede quitar. Por pobre que sea tengo mis manos y mis conocimientos. Mi actitud positiva, mi forma de hablar, de relacionarme con el otro. Si camino siguiendo el corazón, solo puedo llegar a un lugar que valga la pena.

No quiero parar, que esta nota se quede aquí. Puedo ir un paso más lejos. Me pongo a pensar.

Anoche soñé que operaban a mi padre. Tenía un bulto en el pecho. Se lo tenían que quitar. Yo estaba en el hospital con él, en una sala llena de gente esperando a ser operados. Gente blanca: niños, mujeres y hombres. Tumbados todos en camillas, arropados con sabanas blancas y semidesnudos. Llenos de tubos, con caras de desasosiego. Cansados, inquietos. Expectantes. No había personal médico. Solo pacientes (los que esperan).

La luz era suave y aunque en el lugar se encontraban muchas personas, el ambiente era tranquilo pero con cierta tensión causada por lo que estaba por acontecer. La operación, el trance.

Yo caminaba entre ellos, los miraba con la sensación de estar a salvo, de no tener que enfrentarme a ese proceso. Pero a sabiendas de que yo también tendría que pasar por ello, antes o después. Me preguntaba cómo enfrentaría ese momento de espera. Operarte es caer en un sueño profundo, no saber dónde ni cómo despertarás. Es dejar el cuerpo en modo off, ponerte en manos del otro. Solo puedes confiar en las manos del otro. El cuerpo se vuelve inerte, entra en un estado de sueño profundo. Intuyo que la muerte es similar de alguna manera. Si estamos más tiempo muertos que vivos, ¿no será la vida un sueño?

Mi padre también está esperando, tumbado en su camilla. Está nervioso, no para de hablar, tiene un gesto como de quitarle importancia al asunto, cómo de “esto pasará rápido y no me preocupa”. Pero yo le veo y siento que es más grave de lo que él piensa, o sabe, o dice. Yo sé que hay algo más. Está enfermo y grave además, pero él le quita importancia. Habla relajado. Al rato mueven su camilla más adelante y lo apartan, como poniéndolo cerca del quirófano.

Lo veo entonces tumbado boca abajo. Ya no habla y lleva un camisón de esos que te dan cuando estás ingresado. En un hospital pierdes hasta tu ropa, dejas de ser tú para ser cuerpo. Tiene las rodillas dobladas y el trasero ligeramente elevado. Parece dormido. Al retirarse el camisón debido a la postura, se le ve el ano y eso me crea curiosidad por una parte y por otra no quiero invadir su “intimidad”. Pero miro y lo veo por detrás. Quiero ver qué tiene ahí, como son sus partes. Miro de reojo, un breve momento, pero lo suficiente para reconocer lo que hay ahí. Veo la forma de su ano y los testículos colgando.

Su cuerpo está a merced de los demás. Ha dejado de poseerlo su psique. Solo es carne. Un zombie que no piensa. La intimidad desaparece puesto que no hay un “yo” que proteger. No hay persona, solo cuerpo. Pero no está muerto, solo dormido.

Salgo de la habitación, dejo atrás aquel lugar y termina el sueño.

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