21/05/21

Ingreso en una ciudad que no para de repararse.

Me crezco, creo en las verdades del barquero, en las tantas y tantas veces repetida “¿quien te has creído que eres?” La suma de nuestras vergüenzas.

He pensado en ti al llegar a casa. En tus lágrimas inocentes al saber que nuestra historia se terminaba. A pesar de tu edad y de tu tamaño, no dejas de ser un chiquillo en un cuerpo grande. Me sabe mal estar tan lejos de ti. Eres una persona amable, metida para adentro, a veces tanto quien hay al otro lado. Es tal tu bondad que deslumbras a los que pasamos cerca de ti. La cuestión es que desconocemos tanto de tus inquietudes, tus dudas, tus miedos, tus deseos, que cuesta saber quien eres. ¿Qué hay debajo de esa capa de constante servicio y amabilidad hacia los demás? ¿Qué se esconde tras la sonrisa aciaga, la entrega del tiempo al cuidado, la perdida de la iniciativa por el cuidado propio? Sé que estás ahí teniendo en cuenta nuestras necesidades, pero ¿cuando empezarás tu a cuidar de ti?


Llegó a una ciudad que le era conocida, pero que de alguna forma la había expulsado de ella. Se empeñaba en recordarla, como quien rememora una melodía, pero el lugar solo le devolvía golpes. A pesar de sus esfuerzos por pasear por aquellas calles que un día habían sido su casa, todo y nada había sufrido cambios. Lo que antes era amable ahora se había vuelto hostil. Incluso las caras de la gente, antes sonrientes y gentiles estaban ahora llenas de asco y desconfianza. El azul y el verde se habían tornado gris zafio, en una mezcla de desilusión y desesperanza que nadie alcanzaba a pensar cuando había comenzado y muchos menos a imaginar que aquello podía terminar.


Las torpes ideas que lo acompañaban no hacían sino atolondrarle la cabeza, su mente era puro olvido, sin saber a qué agarrarse, donde encontrar el sentido que una vez fue su vida.


Un día me iré y todo esto dejará de doler tanto. Basta ya de canciones inútiles, de esperanzas bobas y de mentiras de por vida. Entérate bien porque solo te lo diré una vez: Te odio. Te odio tanto que no cabe en un planeta el asco que te guardo. Es tal mi rencor, que mi muerte no será descanso sino hastío. Púdrete, sin vergüenza.


Keyboard by Shintaro Kago

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