22/05/21

Hoy es tu cumpleaños. No puedo evitar pensarlo cada vez que sucede. Es irrepetible. 42 años ya. Numero mágico. El número del sentido de la vida. Me canso de contar los años que han pasado sin que nos encontremos. Creo que ya ha pasado suficiente tiempo como para dar nuestra relación por muerta. Ya no somos nosotros, no somos nosotras. La verdad, nunca te eché de menos, quizás al principio. Pero te sigo pensando. En la inocencia del primer amor, las palabras que se nos escapaban. Me gustaban tus labios, eran suaves y finos y nuestra forma de besarnos, de alguna manera, nuestras bocas encajaban. Supongo que nos alejamos porque crecimos, cambiamos, por que así es la vida. Y no pasa nada. Me gustó estar contigo, pero ahí quedó la cosa.


Quiero escribir desde lo incómodo, desde una posición no solo mental de no saber qué voy a vomitar (dejar que las palabras crezcan solas) sino desde una incomodidad física. Sentada en el borde del sofá, con el cuello dolorido y las manos cansadas. He dormido poco, pero bien. He leído a Regina y Celeste. Ya casi estoy acabando el libro, aunque decir casi es mucho decir porque restan 50 páginas, y lo que en un libro de 620 es casi, en otros es el libro entero. Me parece que más que quedarme con frases concretas, cuando recuerdo un libro tengo como sensaciones, de por dónde me ha llevado, qué me ha hecho sentir. Supongo que ese es el viaje de cada libro, de cada historia. Ponerte en la cabeza de otra persona, en su realidad. No podemos escapar del cuerpo, huir de “él”, así que, para hacerlo, para cubrir esa necesidad de desconexión, supongo que inventamos las historias, en forma de libro, de canción, de imagen, de poesía, de cuadro. De arquitectura, de barro, de palabra. De sonidos. Contamos para contarnos. Para que fluyan las sensaciones y no se queden dentro. Mola ser humano. Me ha gustado. Hay una especie de pozo metido dentro de cada una de nostras. Bajamos a por el agua a cada momento, a ver qué hay, qué trae, que subimos. AHÍ ESTÁ EL TESORO, lo que ocurre es que en muchos casos, no nos fiamos del pozo, porque se sale de lo que manda lo grupal, lo convencional, lo “normal” y así nos deshabitamos.


Quiero guardarme de las normas y ponerme al servicio de las intuiciones. Fluir, huir. Dejarme llevar, hasta donde me deje. Dice monoperro que tengo talento. No yo como yo, sino yo como persona, una persona que está escribiendo a golpe de tecla en este teclado de este ordenador que alguien una vez ideó y que después mandó construir en China, de donde vienen casi todas las cosas. Mi pijama o mis calzoncillos. Igual que este portatil, diseñado en California, ensamblado en China (así, como si esa pequeña palabra pudiera describir la geografía completa del país más poblado del planeta). China como idea, como moderación, como crecimiento, como norma de lo cutre. “Es de los chinos”, como si fueran cutres o pobres. Mientras inventan vacunas, producen para todo el planeta, envían cohetes al espacio, hacen crecer su economía desmesuradamente. China como almacén, como creador, como enemigo de lo bueno, de lo bien hecho. China como lo cutre, el anverso de lo europeo.


Hago esto (escribir como una loca) porque siento que debo hacer algo, me mueve la sin razón. El querer sentir en mis entrañas el movimiento de lo absurdo. El querer queer. Mover montañas, andar ríos, nublar los cielos. Poner la mente a desnudarse, joder. El aparato digestivo tomando el control de los dedos, del aire, la energía que recibimos. Samastiki. Prana.


Prana

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