31/03/31

Los llamo los Salvajes. Aparecen así como de la nada. Dentro del tranquilo orden del tráfico, de la corriente media. Asaltan las normas. Y no por saltarselas, si no por pensar que están por encima de ellas. Son la violencia de decir: estoy yo, mi coche y mis cojones. Mi prisa, mi urgencia y mis normas. soy yo y tu te quitas, idiota. Escribo desde la voz masculina porque el 90% de las ocasiones, miro al conductor y es un hombre. Supongo que algo tiene que ver en todo esto la tetosterona.

Los hay de todas clases. Señores de mediana edad, de pelo gris, bien parecidos, montados en todo-terrenos relucientes que adelantan con arrojo por la derecha en carril de aceleración. Chavales de veintipocos que zigzagean en el atasco de manera descontrolada en su ford focus azul deschapado de 2004. Agresivos engominados al volante de flamantes coches potentes, que te dan las largas y te imponen el intermitente para avisarte de que o te quitas o te arrollan. Furgonetas enormes a la velocidad del fuego que adelantan saltando la línea continua, conducidos por transportistas absortos por su prisa. Autobuseros que entran en la rotonda aprovechando el tamaño de su vehículo para apartar a todo el que se acerque. Taxistas molestos con el tráfico que usan y desusan carriles a su antojo.

De alguna manera quieren demostrar que las normas no son para ellos, que tienen razón. Entiendo su desdicha, hay ganas que dan ganas de hacer la revolución por tu cuenta y dado que ya no se puede hacer en las calles, al menos te queda arrollar la lentitud del mundo ordenado con tu coche. No podremos salir de Madrid, pero podemos circularlo como si se tratara del Jarama. Mi coche, mis normas. La ley del más fuerte.

Mi manera de actuar ante ellos es diversa. En ocasiones, simplemente actúo con indiferencia, sigo con mi parsimonia, incluso molestándoles con mi lento avanzar. En otras caigo en su estupidez y me pico, yo también acelero. A veces les dejo pasar y les doy después las luces, como para decirles, tu comportamiento no pasa desapercibido. Otras les llamo gilipollas, o les saco el dedo por debajo de la ventana, en mi cobardía y en mi “no quiero malos rollos contigo pero dejo salir mi rabia”.

No sé porque cuento esto, pero me da lo mismo. Escribo porque no puedo con ello y porque espero que al contarlo, se me pase un poco el fuego.

Todo esto me hacer recordar el libro de Karma, de Oscar Monzón que habla precisamente de cómo los coches se convierten en armadura y arma de agresividad e instinto para el conductor.

Creo además que esta sensación de que el coche te lleve, de que sirva como lugar de violencia lo he vivido desde mi infancia. Lo he visto en mi padre y en los padres de amigos. Personas que en la calle son incapaces de decir una mala palabra a nadie, pero que, protegidos por su armadura-coche, insultan, maldicen, gritan, se desgañitan.

¿Qué pasa entonces? ¿Qué tiene que ver con lo que callamos? Esa rabia insolente que nos guardamos para vivir en una sociedad cívica pero que de alguna forma tiene que salir adelante, expulsarse de manera violenta, aunque no sea frente al otro si es dirigida al otro. Yo y el otro. Yo y el otro. El otro y yo. Por el otro dejo de ser yo, por el otro me callo, por el otro grito, chillo, me enojo, me salto las normas. Sobre el otro engullo, empujo, arrollo, desprecio. Dejo atrás la cortesía civilizada. Sobre el otro yo y mi coche, yo y mi caballo. Yo y mis cojones.

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