Ahora comienzo a entender qué ocurre con el cuerpo. Qué extraña magia se apodera de él cuando, en contacto con algunas prendas, la piel se vuelve hacia adentro, recuerda su pasado y recobra su identidad.

Es todo un proceso, que comienza con la vista, continúa con el tacto y acaba en la memoria.

Ver algo que encaja contigo, que se enciende de alguna manera, ilumina partes del pasado que estaban abandonadas, expectantes.

Soy consciente de que todo esto me provoca, sin embargo, miedo. Puesto que no sé dónde lleva o si es que acaso lleva a algún lugar. Quizás no me lleva, simplemente me pone en una situación y ahí me deja. Desde ahí, construir, caminar, hacer.

Y luego aparece la mirada del otro y más que eso, la propia idea de la mirada del otro. Del qué dirán, qué pensarán, opinarán, contarán. Se imaginarán, reirán, hablarán. Siempre desde mi propia imaginación, temerosa de que hablen mal de mí. Desde el yo y vuelta a él. Quizás sería más natural dejarlo ir. No comportarse, solo ser, hacer.

Esa piel abierta es desnudarse ante el juicio de los demás. Exponer lo íntimo como propio en lugar de esconderlo. Siento como ese chiquillo que se asusta cuando se meten con él por ser de una determinada manera. Por ser como siente, simplemente por eso, lo protegí, pero fue tanto que la puerta se convirtió en una pared.

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