29/06/21

Otra vez aquí, al borde del piano

al borde del abismo

sin saber lo que viene después

solo la ligera esperanza de creer que brotará algo grandioso, feliz, eterno.

La fragilidad tenebrosa del encuentro con uno. El placer de no saber, de andar descalzos en la piedra.

Solo queda la muerte al otro lado, y por lo tanto, merece la vida intentarlo.

Los otros ya lloraron en su plato lleno de plata. En los lingotes de oro pesados arrastrados del cuello.

La libertad no pide nada, es sutil, amable, sencilla. es un collar dorado que solo tú puedes sentir.

La mayoría de las veces ya lo hacemos, caminar con los ojos cerrados. Nos agarramos a la rutina, a las direcciones conocidas, a las palabras que siempre nos echan una mano para salir del paso, evitar nuestro dolor, nuestro sin sentido. Y sin embargo ahí está la muerte, en el no saber sabiendo que un día tras otro espera el mismo destino. Conocemos el borde del camino y sin embargo, nos cuesta tanto cruzarlo. Es ahí precisamente donde crecen las flores, en la linea que separa el asfalto del campo. Fragiles, pequeñas. Se abre la vida camino entre la piedra negra y la brea. Fantástica, inocente e impredecible.

¿Si puede una flor, acaso no podremos nosotros?

02/06/21 – me salgo


Me dejo llevar al fondo

Cuanto cuesta crecer.

Sólo tu.


Las cosas que se quedan por contar y por decir. Sacar las cosas a la luz. Ponerle pegas. Saltar de lado y caer de pie. Vengarse del silencio, gritar de nuevo «BASTA!». Callarse ante la peor opción. Caminar descalzas por la acera, llena de pinchos. Caerse. Deslumbrar, parir. Decir «vete a la mierda».

29/05/21

Leo «El año del pensamiento mágico» de Joan Didion.

El libro tiene que ver con la muerte. Lo dejé a medias en su momento. Se me coló otro («Lectura fácil» de Cristina Morales) pero lo dejé de leer porque me daba pereza tanta autobiografía. Tantos viajes a California, a Nueva York. Tanto drama familiar. Tanta obsesión con el pasado propio y el revisitar el dolor del ego.

Decidí retomarlo el miércoles, dado que pretendo continuar con mi proyecto de 52 libros en 52 semanas. No sé si es un tanto obsesivo, o servirá para algo. Parece que funciona, mientras tanto.

Me sorprende el que, pese a ser un libro que no disfruté, muchas de sus partes calaron en mí. Y que a pesar de no recordar exactamente pasajes, algunas ideas se quedaron conmigo. Quizá sea eso de lo que trata leer un libro. De quedarte con ciertas partes que te tocan. Igual eres incapaz de acordarte de los detalles o de escribir una redacción sobre él un año después. Pero vienen fragmentos a la mente pasado el tiempo, cuando algunas ideas de la narrativa mental tocan puntos que tienen que ver con aquello que leíste.

La primera vez que lo leí no entendí bien por qué ese título «El año del pensamiento mágico».

La palabra mágico llamo mi atención para comprarlo, pero no hallé nada de magia en él. Puede que leyera rápidamente sobre él y por eso no lo captara. Esta vez he sido más consciente de lo que leía.

Imagino que Joan Didion es una persona racional. Fue periodista, por lo tanto, le supongo una mente que trata de ver la realidad de manera objetiva. La muerte de su marido en un instante (un instante normal, como ella insiste a lo largo del libro) descabala su vida. La destroza. No concuerda con su racionalidad.

Ella trata de analizar lo sucedido, trata de explicarselo a sí misma. Lo que ha sucedido está fuera de su control, su marido fallece por causas completamente ajenas a su voluntad (un ataque al corazón) pero eso no impide que en su subconsciente habite la idea de que ella pudo hacer algo para salvarlo y por lo tanto, carga con la culpa. Examina lo que ocurre antes y después. Los días previos, los meses posteriores. Habla con médicos, lee libros sobre la muerte. Quiere estar informada para tener control sobre lo que ocurre. Pero en el fondo solo quiere que le devuelvan a su marido. Cree que no tirar los zapatos que usaba o dejar los libros que leía donde él los dejó pendientes, le ayudarán a volver. Ahí está la magia. Ahí y en los meses de dolor y duelo que suceden a la muerte de su marido. En vivir en un estado de animo confuso y extraño. Vivir en un cuerpo que está presente pero que se empeña en revisitar el pasado, en imaginar otro futuro donde todo sea normal.


Me dice A que somos seres narrativos. Que lo cree. Ahora al escribir sobre leer libros y sobre el flujo mental, observo que es nuestra mente una máquina de juntar palabras como conceptos. Que estamos constantemente contandonos cosas. Diciendonos, recordandonos. Hablandonos. Relatando.