04/10/21

La gente no sabe, no quiere saber. Prefiere mirar al otro lado. Dejar que todo siga en el lugar previsto. Controlable, amigable, simpático y cercano. No cercano de entrega. Cerca de ajustable, modificable. Ordenado y sin astillas.


El dolor no es amistoso, pero es real.


Y qué si no te gusto. Si no gusto.


Esta noche salí de mi mente. Pude ver con claridad que este cuerpo no me pertenece, que es todo una invención temporal que funciona de manera orgánica. Que mis pensamientos están condicionados por mis rutinas, mis entrañas. Que lo que describo como «mi vida» no es sino una ficción acordada con los demás. Por detrás del presente no hay ni habrá nada. Solo silencio. La memoria es una fotografía que estuvo allí y que permanece con nosotros en estado de descomposición.

Cómo descansar, dormir placidamente una vez eres consciente, has sentido, que es la química la que provoca el encantamiento. Que la conciencia se separa del relato. Quizás asumiendo que esa locura es la única verdad. Que la vida como biología da lugar a esta «realidad» y que sin ella permaneceríamos en el vacío perpétuo, en un continuo espacio tiempo donde todos los instantes son el mismo. Son nuestros ojos los que «dan vida», los que proponen los átomos de luz como partículas que ofrecen la posibilidad de «ver».

Vivimos en un espectro de sensaciones muy específico, una pequeña porción de un rango enorme al que no tenemos acceso.

Qué sentido tienen entonces los miedos, las represiones. Los tabus. La verguenza, la culpa. El sentirse distinto al otro. No querer nombrar, vocalizar. El respeto hacia el otro si no lo tienes hacia ti mismo. ¿Qué sentido tiene?

Antanas Sutkus – Jean Paul Sartre in Nida, Lithuania, 1965

¿Qué sentido tiene atravesar? No se atraviesa nada por que no hay nada que atravesar. Es tan solo un comienzo y un final. Recorrer una distancia. Pero qué distancia si es pura invención de la mente.

19/07/21

«Un día en la vida de nadie»



Me pesa todo

las manos

este cuerpo interminable

que no me deja

descansar

horas muertas en el paraíso artificial

constreñido de por vida

ausente

libre y plano

transparente

miro mis manos y dicen basta

ya para

no se dónde mirarme sin verme

quiero flotar ya

sin que nada pese


Me invade lo tremendo

29/05/21

Leo «El año del pensamiento mágico» de Joan Didion.

El libro tiene que ver con la muerte. Lo dejé a medias en su momento. Se me coló otro («Lectura fácil» de Cristina Morales) pero lo dejé de leer porque me daba pereza tanta autobiografía. Tantos viajes a California, a Nueva York. Tanto drama familiar. Tanta obsesión con el pasado propio y el revisitar el dolor del ego.

Decidí retomarlo el miércoles, dado que pretendo continuar con mi proyecto de 52 libros en 52 semanas. No sé si es un tanto obsesivo, o servirá para algo. Parece que funciona, mientras tanto.

Me sorprende el que, pese a ser un libro que no disfruté, muchas de sus partes calaron en mí. Y que a pesar de no recordar exactamente pasajes, algunas ideas se quedaron conmigo. Quizá sea eso de lo que trata leer un libro. De quedarte con ciertas partes que te tocan. Igual eres incapaz de acordarte de los detalles o de escribir una redacción sobre él un año después. Pero vienen fragmentos a la mente pasado el tiempo, cuando algunas ideas de la narrativa mental tocan puntos que tienen que ver con aquello que leíste.

La primera vez que lo leí no entendí bien por qué ese título «El año del pensamiento mágico».

La palabra mágico llamo mi atención para comprarlo, pero no hallé nada de magia en él. Puede que leyera rápidamente sobre él y por eso no lo captara. Esta vez he sido más consciente de lo que leía.

Imagino que Joan Didion es una persona racional. Fue periodista, por lo tanto, le supongo una mente que trata de ver la realidad de manera objetiva. La muerte de su marido en un instante (un instante normal, como ella insiste a lo largo del libro) descabala su vida. La destroza. No concuerda con su racionalidad.

Ella trata de analizar lo sucedido, trata de explicarselo a sí misma. Lo que ha sucedido está fuera de su control, su marido fallece por causas completamente ajenas a su voluntad (un ataque al corazón) pero eso no impide que en su subconsciente habite la idea de que ella pudo hacer algo para salvarlo y por lo tanto, carga con la culpa. Examina lo que ocurre antes y después. Los días previos, los meses posteriores. Habla con médicos, lee libros sobre la muerte. Quiere estar informada para tener control sobre lo que ocurre. Pero en el fondo solo quiere que le devuelvan a su marido. Cree que no tirar los zapatos que usaba o dejar los libros que leía donde él los dejó pendientes, le ayudarán a volver. Ahí está la magia. Ahí y en los meses de dolor y duelo que suceden a la muerte de su marido. En vivir en un estado de animo confuso y extraño. Vivir en un cuerpo que está presente pero que se empeña en revisitar el pasado, en imaginar otro futuro donde todo sea normal.


Me dice A que somos seres narrativos. Que lo cree. Ahora al escribir sobre leer libros y sobre el flujo mental, observo que es nuestra mente una máquina de juntar palabras como conceptos. Que estamos constantemente contandonos cosas. Diciendonos, recordandonos. Hablandonos. Relatando.

25/05/21 – Fin

Adquiero cierto compromiso con la escritura automática. Dejo que sea. Simplemente. La pura nerviosidad de las manos. Pulsar teclas como quien se pone a fregar platos sin mirar cuánto le queda. ¿Hay campo? Pues se corre.

Cerrar las cosas en menos de un día. Ponerles fin, mandarlas a la mierda. Acabar. Dar por terminado. Finiquitar. Terminar. Poner patas arriba. Del revés.

«Te llamé y no me lo cogiste … y ahora ¿qué?»

No saber lo que va a pasar. Andar a ciegas.

No mirar atrás. ¿Hasta cuando?

La disposición a la elegancia. La postura frente al otro.

La impostura. No saber lo que te va a pasar. ¿Te pasa o lo pasas?

24/05/21 – Midsommar.

Le debo todo al trabajo. No me gusta lo que hago, pero le debo todo. Este ordenador, la conexión a internet, este dominio. La luz de mi casa, la ropa que llevo puesta, el sofá en el que me siento. Mis zapatillas, mi pijama. La cena que he tomado, el agua que bebo.

He empezado a ver Midsommar. No sé de qué va. Pero cuando salió en cines algo me llamó la atención de su portada. Creo que tiene que ver con la luz. Con la idea de verano, quizás con el cielo. La cara de la chica, las letras escribiendo una palabra en sueco. Estocolmo. Lo que viví allí. Es un país acogedor, y a la vez distante. Es frío.

No sé qué decir. Hoy ha sido un día agotador. Llego hasta aquí con la energía justa. Volver al trabajo, ir a por Alba, volver a casa. La terapia, el yoga. M. V. M. A. A. C. un auténtico aborto. Hablé con A. Le mensajeé más bien. Me dí cuenta de cómo el aplicar un tono al iniciar una conversación consigo establecer un ritmo y un orden adecuados a lo que me interesa. Bajo la energía. Me paro. Hago que el otro se ponga a ese nivel. Lento, despacio. Que hablen de sí. No sé dónde me lleva esto pero parece que me lleva. No sé qué quiero hacer, pero me dejo llevar y está bien. El cuerpo como producto de la mente. La mente como producto del cuerpo. Mente y cuerpo. Son lo mismo, queremos creer que no, pero es igual.

Soy una persona inconstante. Hago esto para demostrarme que puedo hacerlo a pesar de ello. Me dejo llevar, me desencamino, pongo nuevas reglas y las sigo. Mis raíles que se salen de los previstos. Los ricos no esperan. Cómo olvidarte. Pasar días sin verte y saber que pasaran muchos otros más. Decirte adiós. Marcharme. Poner la vista adelante. Hacer como que no pasó nada. Vivir el momento, emocionarme. Miro por la venta y hay un grajo. Es azul, negro y blanco, me mira fijamente, creo que quiere sacarme los ojos.

Trato de hablar con A. pero A. no me responde. No sé si se ha olvidado o bien pasa de mí. Quizás la ofendí. Quizás está mal. Quizás está bien, metida en sus asuntos. Y a mí qué. A. era mi amiga, pero ya no lo es. Ahora va a su bola. Peor para ella. Yo me valgo por mí. Cuando quiera, ya sabe dónde estoy.

Estoy muerta.

Me voy a dormir.

‘Space², Providence, Rhode Island’, Francesca Woodman, 1976

23/05/21 – Empezar requiere miedo

Se trata de dejarse llevar.

De crear un nuevo orden. Despistar a las normas y hacer como que no oyes a la voz crítica que te dice «no lo hagas» o «¿quien te crees que eres para hacer esto?» . Se trata de darle una patada en la boca a la dirección única y esperada. Cagarte en la vergüenza y reírte de tus limitaciones. Darte permiso, suena raro, porque no debería haber permisos. Quizás sería mejor decir, hacerlo y sentir que pasa con lo que te pasa. Decirte, lo hago y aunque lo que sienta no me vaya bien, lo hago igual. Igual ese no sentirte bien también te dice algo y no necesariamente debe ser «no lo hagas más». Empezar requiere miedo, incertidumbre, desasosiego, y eso a la mente no le interesa.

No quiere perder los papeles, salirse de su rinconcito, de su cueva donde todo está en su sitio.

Fuera hace frío, pero hay fruta sagrada. Y tu no te quieres quedar sin fruta. O a lo mejor resulta que vas y la pruebas y te das cuenta de que esa fruta no era para tanto. Pero en el camino te encuentras con alguien con quien no contabas. O descubres una nueva cueva, o una nueva fruta. Pero tú ya te has comido la fruta y han pasado cosas. Has pasado a otro lugar, te has situado en otro yo. Mientras no lo haces sigues detenid@ en el mismo yo.

A veces cuesta, pues claro que cuesta, porque llevamos tantas piedras en el bolsillo, tantas miradas ajenas que hemos hecho propias, que deshacernos de ellas nos puede llevar años, incluso requerir ayuda de otr@s.

Igual puedes pasarte la vida entera en ese yo. Se me ocurre que los hinduistas quizás pensaban que precisamente eso es lo que no rompía la rueda de las encarnaciones. Quizás no tener buen karma tenía que ver con no escucharse. Y vivir de nuevo con volver a pasar por el examen de la vida.

Qué sé yo.

Ayer veía la película sobre el pintor inglés Francis Bacon, «El amor es el demonio» y en un determinado momento dice algo así como «Si tuviera vergüenza, no podría ser artista, poeta».

Pues eso.

22/05/21

Hoy es tu cumpleaños. No puedo evitar pensarlo cada vez que sucede. Es irrepetible. 42 años ya. Numero mágico. El número del sentido de la vida. Me canso de contar los años que han pasado sin que nos encontremos. Creo que ya ha pasado suficiente tiempo como para dar nuestra relación por muerta. Ya no somos nosotros, no somos nosotras. La verdad, nunca te eché de menos, quizás al principio. Pero te sigo pensando. En la inocencia del primer amor, las palabras que se nos escapaban. Me gustaban tus labios, eran suaves y finos y nuestra forma de besarnos, de alguna manera, nuestras bocas encajaban. Supongo que nos alejamos porque crecimos, cambiamos, por que así es la vida. Y no pasa nada. Me gustó estar contigo, pero ahí quedó la cosa.


Quiero escribir desde lo incómodo, desde una posición no solo mental de no saber qué voy a vomitar (dejar que las palabras crezcan solas) sino desde una incomodidad física. Sentada en el borde del sofá, con el cuello dolorido y las manos cansadas. He dormido poco, pero bien. He leído a Regina y Celeste. Ya casi estoy acabando el libro, aunque decir casi es mucho decir porque restan 50 páginas, y lo que en un libro de 620 es casi, en otros es el libro entero. Me parece que más que quedarme con frases concretas, cuando recuerdo un libro tengo como sensaciones, de por dónde me ha llevado, qué me ha hecho sentir. Supongo que ese es el viaje de cada libro, de cada historia. Ponerte en la cabeza de otra persona, en su realidad. No podemos escapar del cuerpo, huir de «él», así que, para hacerlo, para cubrir esa necesidad de desconexión, supongo que inventamos las historias, en forma de libro, de canción, de imagen, de poesía, de cuadro. De arquitectura, de barro, de palabra. De sonidos. Contamos para contarnos. Para que fluyan las sensaciones y no se queden dentro. Mola ser humano. Me ha gustado. Hay una especie de pozo metido dentro de cada una de nostras. Bajamos a por el agua a cada momento, a ver qué hay, qué trae, que subimos. AHÍ ESTÁ EL TESORO, lo que ocurre es que en muchos casos, no nos fiamos del pozo, porque se sale de lo que manda lo grupal, lo convencional, lo «normal» y así nos deshabitamos.


Quiero guardarme de las normas y ponerme al servicio de las intuiciones. Fluir, huir. Dejarme llevar, hasta donde me deje. Dice monoperro que tengo talento. No yo como yo, sino yo como persona, una persona que está escribiendo a golpe de tecla en este teclado de este ordenador que alguien una vez ideó y que después mandó construir en China, de donde vienen casi todas las cosas. Mi pijama o mis calzoncillos. Igual que este portatil, diseñado en California, ensamblado en China (así, como si esa pequeña palabra pudiera describir la geografía completa del país más poblado del planeta). China como idea, como moderación, como crecimiento, como norma de lo cutre. «Es de los chinos», como si fueran cutres o pobres. Mientras inventan vacunas, producen para todo el planeta, envían cohetes al espacio, hacen crecer su economía desmesuradamente. China como almacén, como creador, como enemigo de lo bueno, de lo bien hecho. China como lo cutre, el anverso de lo europeo.


Hago esto (escribir como una loca) porque siento que debo hacer algo, me mueve la sin razón. El querer sentir en mis entrañas el movimiento de lo absurdo. El querer queer. Mover montañas, andar ríos, nublar los cielos. Poner la mente a desnudarse, joder. El aparato digestivo tomando el control de los dedos, del aire, la energía que recibimos. Samastiki. Prana.


Prana

21/05/21

Ingreso en una ciudad que no para de repararse.

Me crezco, creo en las verdades del barquero, en las tantas y tantas veces repetida «¿quien te has creído que eres?» La suma de nuestras vergüenzas.

He pensado en ti al llegar a casa. En tus lágrimas inocentes al saber que nuestra historia se terminaba. A pesar de tu edad y de tu tamaño, no dejas de ser un chiquillo en un cuerpo grande. Me sabe mal estar tan lejos de ti. Eres una persona amable, metida para adentro, a veces tanto quien hay al otro lado. Es tal tu bondad que deslumbras a los que pasamos cerca de ti. La cuestión es que desconocemos tanto de tus inquietudes, tus dudas, tus miedos, tus deseos, que cuesta saber quien eres. ¿Qué hay debajo de esa capa de constante servicio y amabilidad hacia los demás? ¿Qué se esconde tras la sonrisa aciaga, la entrega del tiempo al cuidado, la perdida de la iniciativa por el cuidado propio? Sé que estás ahí teniendo en cuenta nuestras necesidades, pero ¿cuando empezarás tu a cuidar de ti?


Llegó a una ciudad que le era conocida, pero que de alguna forma la había expulsado de ella. Se empeñaba en recordarla, como quien rememora una melodía, pero el lugar solo le devolvía golpes. A pesar de sus esfuerzos por pasear por aquellas calles que un día habían sido su casa, todo y nada había sufrido cambios. Lo que antes era amable ahora se había vuelto hostil. Incluso las caras de la gente, antes sonrientes y gentiles estaban ahora llenas de asco y desconfianza. El azul y el verde se habían tornado gris zafio, en una mezcla de desilusión y desesperanza que nadie alcanzaba a pensar cuando había comenzado y muchos menos a imaginar que aquello podía terminar.


Las torpes ideas que lo acompañaban no hacían sino atolondrarle la cabeza, su mente era puro olvido, sin saber a qué agarrarse, donde encontrar el sentido que una vez fue su vida.


Un día me iré y todo esto dejará de doler tanto. Basta ya de canciones inútiles, de esperanzas bobas y de mentiras de por vida. Entérate bien porque solo te lo diré una vez: Te odio. Te odio tanto que no cabe en un planeta el asco que te guardo. Es tal mi rencor, que mi muerte no será descanso sino hastío. Púdrete, sin vergüenza.


Keyboard by Shintaro Kago