02/05/21

Me veo azul y me pongo roja.

Hasta ahora.

Veo la falda de aquella chica de verde. Tocando con la punta del pie la tierra gris.

El cielo está manchado hoy de amarillos, pero sin duda el rosa va tomando camino.

Hay que saber decir, que las cosas, vistas de cerca, son menos certeras aun de lo que creíamos. Visto como ocurre hoy, podría ser que mañana, día de feria, todo deje de tener un sentido.

24/4/21

Hay un caballo en mi puerta esperándome.

A salir descalza a cabalgar por la playa

Despegados de ti y de tus sueños

Tus complejidades, tus angustias

No sé cómo decirte … 

Qué dispararte soltarte para acabar con tus 

entuertos

Hace años que dormimos juntxs pero

¿Quién eras tú?

¿Dónde quedó la mirada primera?

¿El aire de aquellas carcajadas?

¿En qué momento dejamos de ser nosotros para acabar siendo tú y yo?

¿Por qué nos dejamos?

¿Por qué nos sentimos lejos?

¿Qué queda entre nosotras por vivir de verdad?

¿Qué nos pasa? ¿Qué nos ha pasado?

¿Cómo triturar los silencios amargos, las mentiras constantes, las ausencias? 

¿Qué pasa por las noches, los abrazos son ahora peso movido por la rutina?

¿Qué fue de tu pasión singular por la vida?

¿Dónde está tu personal sentir por quererme? ¿Por amarme, por animarme a ser yo? ¿Por animarte a ser tú? ¿Dónde se fueron nuestros paseos sin destino? ¿Nuestras conversaciones sin final en las noches de agosto? ¿La manta desgastada que nos abrigaba en noviembre? ¿Y tu palabra de quererme? ¿Tus ganas de más, de un beso más? ¿Tu tacto sensible, tu increíble forma de decir te quiero, te echo de menos, vuelve a casa? ¿Qué fue de los impulsos por meternos mano sin control en la cocina? ¿En el baño? ¿En los aseos públicos? ¿Qué fue de mirar juntas por la ventana? ¿Nuestro baño compartido? ¿Nuestra ropa intercambiada? ¿Dónde acabaron nuestras ganas de más? ¿Nuestras ganas de ti, de mí? ¿De nosotras? Ya no hay nosotras. Ya solo hay tu. Ya solo hay yo.

07/04/21

Me piden que pague por estar aquí, por usar este espacio web. Este lugar habitado virtual. Y yo me pregunto si necesito este sitio para hacer lo que hago, es decir, escribir libremente.

Con esta premisa es sencillo responder a la pregunta de si debería seguir pagando por un espacio en el que realizo una actividad que podría ser perfectamente trasladable a otro ámbito como puede ser

a) el papel

b) un site wordpress gratuito

Pero me gusta (siempre me gusta) estar aquí. Sentir que tiene un sentido. (otra vez, los sentidos, lo placentero).

Hablan las feministas radicales trans-excluyentes de que el género debe ser abolido, de que ser transexual es correcto, pero transgénero, no porque las condiciones de género oprimen a las mujeres. No sé si lo que pretenden es que vayamos tod@s desnud@s por la calle, que el carnet de hombre o mujer lo demostremos mostrando nuestra entrepierna a los demás. Dejemos atrás las apariencias culturales y vaciemonos de contenido. Aplanemos el ser, que sea todo igual para tod@s.

No sé qué decir. Quizás a veces nos extralimitamos en querer hacer ver el mundo a los demás como lo vemos nosotr@s. A veces incluso sucede que tenemos una visión tan clara que nos obcecamos en pensar, pero ¿cómo pueden estar los demás TAN equivocados? ¿cómo no todo el mundo ve lo que yo veo?

No lo sé. Sé poco la verdad. Quizá lo poco que he leído y la verdad de mi cuerpo. Mi memoria es poco fiable y mis ideas preconcebidas están ahí. De qué fiarse entonces. Me da que vivir en la diferencia es importante. Respetarse a uno y entender al otro desde el amor. Esto que es tan sencillo resolvería tantos conflictos. Es tal el desprecio al otro, el odio acumulado, la amargura. Somos tan manipulables. Internet es una máquina con un poder inmenso y nosotr@s somos seres con un cerebro con un diseño ancestral.

Pero nos queda el amor.

05/04/21

Hago esto porque me resulta placentero dejar que sean las manos las que guíen.

Las que digan que no y que si. Las que se animen, mientan, embrujen. No soy yo quien escribe aquí, son mis manos solitarias.

Las miro y se ríen. Tanto tiempo al servicio del cerebro, del hambre, del amor. Manos que aman, atan, callan. Dicen lo que pueden las pobres. Son silenciosas pero saben alentar, mostrar su fuerza, calmar.

Toco las letras de este teclado casi como acariciandolas. A poco que las ajusto, provocan lo que son intermitencias disruptivas en el funcionamiento del teclado, terminando por impulsar eléctricamente, los valores de cada tecla sobre la pantalla.

Manos, manos quietas, móviles. Pasan los años y ellas me dicen por donde, cuentan cuantos años, sus experiencias táctiles. Bonitas. Me sale decir que mis manos son bonitas.

Mis manos resuenan, crujen, se ausentan durante la noche. No sé donde están cada mañana, simplemente de dejan llevar. Reposan.

Sobre ellas cae el tocar, de contar dónde empiezan y acaban las cosas.Memoria sensorial sincera. Pueden decir que quema, que quieren más o que ya basta. A veces se cansan de llevar. A veces desean ser acariciadas. Me gusta que sean las amantes masculinas de mis amantes femeninas. Provocan placer, así como si tal cosa. Como si fuera poco, verdad. Provocar placer, aliento, querer más. Excitar. Pasan frío las pobres y en invierno, no saben dónde meterse.

Manos, boca callada. Palabra del silencio. movimiento engarzado. Piel, uñas muertas, venas que se posan. Un poco de pelo. Manos blancas, de hueso y carne. Manos que ladran, que gritan, que ahuyentan. Manos que matan. Manos que te matan. Manos que vuelan, que cantan, que bailan. Manos que son sombras de manos. Manos que dicen aquí. Manos que dicen, “vaya por allí”.

Neon Genesis Evangelion (1995)

04/04/21

Pulsión de vida. Pulsión de muerte. Pulsión de vida. Pulsión de muerte. Vida, muerte. Vida. Muerte. Vida.

Un espejo.

Volver a nacer. Re-nacer. Salvarse de la quema, del odio, del sinsentido.

Me pierdo en las palabras, en las certidumbres. Me pongo el sombrero de anular las capacidades del otro.

Morir, vivir, amar. Nacer, re-nacer.

No sé qué hago aquí. Quien fue Freud o Mattisse.

Me pierdo al pensar en la vida, me asusta asustarme de la muerte. Re-nacer. Pensar. Pene. Pensarse. Dejarse ir libre. Libreasociarse.

Veo a Freud y me veo. Te veo, nos veo. Me olvido profundamente. En las palabras importantes no estamos. Si estamos en las banales. Estamos en esas. En la intranscendencia. En lo repetitivo. En lo casual. “Esta mujer”. “Reventada”. “Cansadisima”. “Indagar”.

Nunca dice este hombre, o este chico. Siempre se refiere a ellos por el nombre. Pero en el caso de ellas es “Esta mujer”. No quiere acordarse de sus nombres. Los olvida, los oprime, los destierra. Quizá no quiera nombrarlo. Creo que se sienta sobre ellas. Las ignora, ellas no son nada, son una verdad incómoda. Hay una lucha de poder. Se cree mejor, se cree por encima. Hay masculinidad por encima. Querer quedar por delante. Se revuelve en su miedo y ataca. No quiere ser ignorada. Quiere ser quien ignora. Todo para mi, aquí mando yo. El animus en estado vivo. Genitales falo. Yo soy quien atraviesa, quien dice, quien pone, quien quita, quien ordena. Escucho hasta que tocas lo mio. Te acojo hasta que empiezas a ser tu. Mientras te sedan mis oidos todo esta bien. Cuando deseo tomar lo que es mío arraso. Mi verdad, mi justicia.

Otra salvaje.

Y la salvajada viene de no mirarse al espejo. Solo de mirarse al ombligo. No hay dudas, solo certezas que se convierten en verdades absolutas.

Hasta que llega la madre. La madre le dice y le hace. A la madre acude con los miedos mismos que acudía a mí. La madre a veces incluso repite la misma receta que yo le dí. Pero que venga de la madre tiene otro sentido. De mi viene de su igual, incluso de su inferior. La madre la calma, porque la madre sabe lo que está bien y lo que está mal. La madre es mayor y tiene experiencia. La madre ha construido, no solo su vida, también la de su marido, la de su hijo. La madre se ha construido y manda y ordena. La madre teje su vida y la de sus hijos como una araña. Dice que si y que no. Ella admira a la madre como no admira a ningún otro. Al padre, sin embargo, lo toma como igual y por eso se comporta igual ante la madre que el padre. Temerosa, receptiva, servil.

Ella cree que tiene todas las respuestas. Que todo en ella está bien. Que es correcto. Que su verdad es verdadera y que los demás, si tienen problemas es que no entienden su verdad. Y cuando hay miedo, se acoge a la madre. Las verdades de la madre no se cuestionan y eso está bien, porque me da algo a lo que agarrarme. Me evitan sufrir por elegir. Por ser libre. Por vivir. Para no vivir me acojo a la muerte.

Vida y muerte, vida y muerte. Vida y muerte. Pulsiones de asco y miedo. Vomitar. Vomitarte.

Ella desea ser madre, pero no lo consigue. Por que la madre dudó y de esa duda aprendió. Y ella jamás lo hace. Por eso nunca será madre. Solo hija servil. Muerte en vida.

Fotograma de “Cléo de 5 à 7” Agnès Varda. 1962.

02/04/21

Tengo miedo.

Si no me apaño bien, me voy a quedar sin dinero.

Si, sin dinero. No será hoy ni mañana, pero voy directo a la ruina financiera.

Debería preocuparme, y sin embargo, en este caso he decidido tirar para adelante. Obviamente no puedo cometer estupideces (memeces, boludeces), pero mira, ¿que sabes qué? Que ya lo iré arreglando, que ya se irá viendo. Tomaré las decisiones oportunas a su debido momento. Confío en mi y en que las cosas se recoloquen de una manera u otra.

Tengo miedo, pero no pasa nada. Ya no me ahogo. Quizás esa sea la diferencia entre ayer y hoy. Ayer los problemas eran un mundo, inabarcables, fantasmáticos, terroríficos, asfixiantes. Todo era llevado al extremo del pesimismo futuro. Angustioso. El problema se convertía en mi estado de ánimo, tumbaba todo lo demás. La pasión, la alegría, la calma, el disfrute de los sentidos. Hoy miro el problema como quien mira un cuadro. Puede provocar impresión, incertidumbre. Pero está ahí, ya está, yo no soy el problema. Se resolverá con mis aptitudes y actitudes. Se resolverá tomando decisiones que hagan que, esté donde esté, me permitan estar bien. En paz y calma. No quiero que nadie me quite la calma. Ver la lluvia caer, escuchar los pájaros, la lavadora del piso de arriba, los niños jugar en la calle. Nadie me quitará los paseos, mirar a las nubes, ver cómo cae la tarde. Leer un poema, disfrutar una película, tomar el sol en una terraza. Nada me lo puede quitar. Por pobre que sea tengo mis manos y mis conocimientos. Mi actitud positiva, mi forma de hablar, de relacionarme con el otro. Si camino siguiendo el corazón, solo puedo llegar a un lugar que valga la pena.

No quiero parar, que esta nota se quede aquí. Puedo ir un paso más lejos. Me pongo a pensar.

Anoche soñé que operaban a mi padre. Tenía un bulto en el pecho. Se lo tenían que quitar. Yo estaba en el hospital con él, en una sala llena de gente esperando a ser operados. Gente blanca: niños, mujeres y hombres. Tumbados todos en camillas, arropados con sabanas blancas y semidesnudos. Llenos de tubos, con caras de desasosiego. Cansados, inquietos. Expectantes. No había personal médico. Solo pacientes (los que esperan).

La luz era suave y aunque en el lugar se encontraban muchas personas, el ambiente era tranquilo pero con cierta tensión causada por lo que estaba por acontecer. La operación, el trance.

Yo caminaba entre ellos, los miraba con la sensación de estar a salvo, de no tener que enfrentarme a ese proceso. Pero a sabiendas de que yo también tendría que pasar por ello, antes o después. Me preguntaba cómo enfrentaría ese momento de espera. Operarte es caer en un sueño profundo, no saber dónde ni cómo despertarás. Es dejar el cuerpo en modo off, ponerte en manos del otro. Solo puedes confiar en las manos del otro. El cuerpo se vuelve inerte, entra en un estado de sueño profundo. Intuyo que la muerte es similar de alguna manera. Si estamos más tiempo muertos que vivos, ¿no será la vida un sueño?

Mi padre también está esperando, tumbado en su camilla. Está nervioso, no para de hablar, tiene un gesto como de quitarle importancia al asunto, cómo de “esto pasará rápido y no me preocupa”. Pero yo le veo y siento que es más grave de lo que él piensa, o sabe, o dice. Yo sé que hay algo más. Está enfermo y grave además, pero él le quita importancia. Habla relajado. Al rato mueven su camilla más adelante y lo apartan, como poniéndolo cerca del quirófano.

Lo veo entonces tumbado boca abajo. Ya no habla y lleva un camisón de esos que te dan cuando estás ingresado. En un hospital pierdes hasta tu ropa, dejas de ser tú para ser cuerpo. Tiene las rodillas dobladas y el trasero ligeramente elevado. Parece dormido. Al retirarse el camisón debido a la postura, se le ve el ano y eso me crea curiosidad por una parte y por otra no quiero invadir su “intimidad”. Pero miro y lo veo por detrás. Quiero ver qué tiene ahí, como son sus partes. Miro de reojo, un breve momento, pero lo suficiente para reconocer lo que hay ahí. Veo la forma de su ano y los testículos colgando.

Su cuerpo está a merced de los demás. Ha dejado de poseerlo su psique. Solo es carne. Un zombie que no piensa. La intimidad desaparece puesto que no hay un “yo” que proteger. No hay persona, solo cuerpo. Pero no está muerto, solo dormido.

Salgo de la habitación, dejo atrás aquel lugar y termina el sueño.

01/04/21

Dile a tu amante que solo se es amante si se muere por cosas inútiles, por cosas tan nimias que ni merecen ser dichas. […] Dile que el corazón, si decide acompañarte, solo tiene una opción, LATIR.

Regina & Celeste. Una Correspondencia. Ed. La uÑa RoTa. 2019

Late el corazón. Se mueven las piernas. Cuando no saben dónde van. Explotan, se dejan “no manejar”. ¿Dónde vas? ¿Voy donde voy, donde sólo puedo ir?

Ayer tenía el corazón roto. Me puse a mirar tus cartas de amor (fallo mio) y no pude sino envolverme en un aura de desolación y pena por lo que ya no está.

Mire alrededor y sólo había silencio. No el mismo silencio que había entre tu y yo. Ese silencio complice, construido. Este silencio era amargura y dolor. No tenía con qué contestarle, con qué conquistarle.

Veo tus fotos en el ordenador y me arrullo en tus miradas a la cámara. Supongo que ahí me mirabas, y ahí se quedo ese instante de amor para siempre. Una imagen de una conexión de amor congelada en pixels.

Me toco y me siento, me sorprendo. Tocarse es sano, pero pierde el misterio de dónde iran tus manos, dónde se dirigirán, cual será el siguiente centímetro de piel que rozaras con la piel de tus pequeños dedos. No sé decirte. Hacer el amor entre dos por ser entrega y por ser misterio. Es un no saber mutuo. Un caminar movidos por la pasión.

El arte es un poco lo mismo, al menos en su inicio, en su potencialidad, en su vomito, antes de ser limado, mejorado, afilado. El arte es una llama que arde y necesita más fuego. Quemar, asfixiar el oxígeno a su alrededor.

El arte necesita más fuego, más madera, hacerse grande, quemarte. No te equivoques, quiere que lo mires a los ojos. Espera devor-arte. Que sirvas como combustible para sus designios. El arte asegura un camino, pero no te dice a dónde, ni hasta cuando, ni cómo. Pero si te ofrece un porqué. O te quemas con él o la rutina te arrastrará hacia sus fauces.

He decidido quemarme, echar leña al arte, ver que pasa si le dedico más tiempo, más oxígeno. Equivocarme. Arderme. Quemarme.

Espero que un día lleguen los otros y me corrijan. Pero para eso ya habrá momento, ya habrá otro lugar.

31/03/31

Los llamo los Salvajes. Aparecen así como de la nada. Dentro del tranquilo orden del tráfico, de la corriente media. Asaltan las normas. Y no por saltarselas, si no por pensar que están por encima de ellas. Son la violencia de decir: estoy yo, mi coche y mis cojones. Mi prisa, mi urgencia y mis normas. soy yo y tu te quitas, idiota. Escribo desde la voz masculina porque el 90% de las ocasiones, miro al conductor y es un hombre. Supongo que algo tiene que ver en todo esto la tetosterona.

Los hay de todas clases. Señores de mediana edad, de pelo gris, bien parecidos, montados en todo-terrenos relucientes que adelantan con arrojo por la derecha en carril de aceleración. Chavales de veintipocos que zigzagean en el atasco de manera descontrolada en su ford focus azul deschapado de 2004. Agresivos engominados al volante de flamantes coches potentes, que te dan las largas y te imponen el intermitente para avisarte de que o te quitas o te arrollan. Furgonetas enormes a la velocidad del fuego que adelantan saltando la línea continua, conducidos por transportistas absortos por su prisa. Autobuseros que entran en la rotonda aprovechando el tamaño de su vehículo para apartar a todo el que se acerque. Taxistas molestos con el tráfico que usan y desusan carriles a su antojo.

De alguna manera quieren demostrar que las normas no son para ellos, que tienen razón. Entiendo su desdicha, hay ganas que dan ganas de hacer la revolución por tu cuenta y dado que ya no se puede hacer en las calles, al menos te queda arrollar la lentitud del mundo ordenado con tu coche. No podremos salir de Madrid, pero podemos circularlo como si se tratara del Jarama. Mi coche, mis normas. La ley del más fuerte.

Mi manera de actuar ante ellos es diversa. En ocasiones, simplemente actúo con indiferencia, sigo con mi parsimonia, incluso molestándoles con mi lento avanzar. En otras caigo en su estupidez y me pico, yo también acelero. A veces les dejo pasar y les doy después las luces, como para decirles, tu comportamiento no pasa desapercibido. Otras les llamo gilipollas, o les saco el dedo por debajo de la ventana, en mi cobardía y en mi “no quiero malos rollos contigo pero dejo salir mi rabia”.

No sé porque cuento esto, pero me da lo mismo. Escribo porque no puedo con ello y porque espero que al contarlo, se me pase un poco el fuego.

Todo esto me hacer recordar el libro de Karma, de Oscar Monzón que habla precisamente de cómo los coches se convierten en armadura y arma de agresividad e instinto para el conductor.

Creo además que esta sensación de que el coche te lleve, de que sirva como lugar de violencia lo he vivido desde mi infancia. Lo he visto en mi padre y en los padres de amigos. Personas que en la calle son incapaces de decir una mala palabra a nadie, pero que, protegidos por su armadura-coche, insultan, maldicen, gritan, se desgañitan.

¿Qué pasa entonces? ¿Qué tiene que ver con lo que callamos? Esa rabia insolente que nos guardamos para vivir en una sociedad cívica pero que de alguna forma tiene que salir adelante, expulsarse de manera violenta, aunque no sea frente al otro si es dirigida al otro. Yo y el otro. Yo y el otro. El otro y yo. Por el otro dejo de ser yo, por el otro me callo, por el otro grito, chillo, me enojo, me salto las normas. Sobre el otro engullo, empujo, arrollo, desprecio. Dejo atrás la cortesía civilizada. Sobre el otro yo y mi coche, yo y mi caballo. Yo y mis cojones.

30/03/21

Me pruebo a escribir. Me pruebo a tocar. Me pruebo a tocarme. Me parece que no sé muy bien hacia donde, pero es el camino que es. Ayer conversaba con mi analista sobre el sueño en el que perdía un cinturón. “Algo que te ate” me decía. Quizás tengo esa sensación de tener las piezas de mi vida como un puzzle desarmado. No desordenado, sino simplemente desconectado. ¿Falta una base? No lo sé, puede ser. Pero que la base no signifique el fin del deseo, de ponerme a servicio de los deseos del “otro”.

Me pongo a escribir y escribo sobre lo que veo, lo que observo, delimitada por mis sentidos. Llega mucho pero me quedo sólo con lo que me interesa. El me en el centro de todo. Debo ser consciente del otro sin que me arrolle. El me está por todas partes. Me me-o.

He decidido documentar, escribir sobre esto mismo, lo observado, lo ocurrido, lo sentido, lo dolido, lo amado, lo tocado, lo visto. Documentar el proceso de vivir, de estar en el mundo. Es la excusa perfecta, el crimen ideal. Documentar.

Propongo escribir de manera continua, con este sentido de dar la oportunidad a lo que pasa de quedarse de alguna manera. Compartir lo que pasó. Me pasó. Nos pasó. Porque supongo, espero y deseo que la experiencia para el otro ( o la otra), si bien no sea transferible, sea comprensible. “A mi tambien” diría. Entonces los mi-me se convertirian en nos.

“Veo mucho paisaje” le dije a Marcos. “No solo hago fotos, escribo y dibujo, como trabajo”. “Quizás deberías recoger ese guante y ver qué hacer con él”, me responde.
Veo paisaje y veo plantas. Plantas que están, que ven pasar, no se mueven pero están. Mi mundo entero era el de los fantasmas. Mi vida era fantasmática porque los deseos no se hacían. Imaginaba la vida en una atmosfera real. Lo que tocaba estaba ahí pero no era real. Al cambiar, el mundo se está haciendo sólido, pero está en proceso, aún no se puede atar, no toco el suelo. Aún estoy “en el aire”.

Aterrizar, supongo, es decir hasta aquí. No seguir más allá. Tocar base, suelo firme. Tierra. Y entonces cambiar el vuelo por el camino. Volar es quitar una dimensión al caminar.

El valle de la sombra de la muerte – 1855 – Roger Fenton